Una radiografía de Cúcuta escrita por una cucuteña |

28 diciembre, 2015

Para entender las dinámicas de frontera hay que haber nacido y crecido en frontera, de otra manera uno no tendrá nunca las facultades suficientes para entender por qué una línea imaginaria no separa sino une a la gente de un lado y del otro. Lo que está pasando en Cúcuta y que ha despertado la indignación colectiva merece una lectura más allá de las demoliciones de casas y de las familias desplazadas, incluso, debe entenderse como algo más que un abuso de poder desmesurado por parte de un Gobierno cuyas prácticas no tienen ningún fundamento.

Yo no soy partidaria de usar mis redes sociales para hablar de política, religión o afinidades que terminan en comentarios cargados de emoción y muy poco racionalismo, pero hoy siento que es mi deber empuñar mi mejor arma: las letras, para hablar de lo que está pasando en mi ciudad. Antes que periodista o editora, soy cucuteña y con la subjetividad que eso le impregna a estos renglones, he decidido tomarme un momento para escribir sobre esa realidad, la de mi tierra.

Lo primero que deberían saber todos esos periodistas que hoy están parados en algún lado del puente internacional Simón Bolívar o los millones de colombianos que están emitiendo sus opiniones desde las diferentes ciudades, es que nacer en frontera lleva implícito la idiosincrasia de no pertenecer a ningún lugar y de enojarse y pelear por eso y de la naturalidad de moverse en otro país como si fuera lo mismo que ir al supermercado a comprar alguna cosa.

Dicho eso, empecemos por donde debe ser: muchas veces, cuando digo que soy de Cúcuta, me responden: “Cúcuta es Venezuela”, y pues no señores, en términos geográficos y políticos Cúcuta es Cúcuta, es la capital de Norte de Santander, departamento colombiano, que constitucionalmente tiene exactamente los mismo derechos y deberes que cualquier otro pedazo de tierra enmarcado en las fronteras de Colombia. No obstante, si juzgara esa definición por la efectividad de las políticas públicas en mi ciudad y la lamentable ausencia del Gobierno Nacional en varias y repetidas ocasiones, diría entonces que Cúcuta no es Colombia, pero definitivamente tampoco es Venezuela. Cúcuta es Cúcuta. Lamentable.

Ahora bien, llevemos la definición más allá de lo físico e incluyamos las dinámicas económicas de una frontera, ahí sí que se nota la ausencia de Estado. Yo soy periodista económica y recuerdo cuando empezó la crisis con Venezuela y salieron a hablar de líneas de créditos especiales para que en Cúcuta se creara industria, para que dependiera menos del comercio con el vecino país y para que se aumentara el consumo y producción nacional. La Dian muchas veces ha hablado del fortalecimiento de las políticas para mitigar el contrabando y fomentar con eso el desarrollo de los productos nacionales y que por supuesto habría prioridad para lo cucuteño y nortesantandereano. A esto se suman las mesas de empresarios y exportadores, las promesas de carreteras que unirían esa ciudad con el centro de país mejorando las condiciones logísticas y de infraestructura. Todo eso se quedó en el aire. Llevo años escuchando la promesa de una carretera que aumentará la competitividad de los productores del Norte de Santander y que nunca he visto. La ciudad, con las crisis que la tienen arrasada, sigue esperanzada en que Venezuela se recuperará y las épocas de bonanza comercial volverán. Cúcuta, económicamente, no es ni la sombra de esa ciudad de bienes importados, venezolanos comprando y locales comerciales atiborrados de gente. Lo más triste es que ni con esa realidad golpeando la cara y el bolsillo las políticas han sido efectivas, ni siquiera concretas, para que la economía levante cabeza. Lo mejor que hemos tenido han sido generaciones de jóvenes que hacen sus compras en las tiendas locales en Navidad (cuando visitan la ciudad por las fiestas de fin de año) o algunos más osados que han llegado con propuestas innovadoras a hacer relevos generacionales en empresas familiares. Ahí también señores, hay ausencia de Gobierno. Ahí también Cúcuta no es de nadie ni le duele a nadie.

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Y la tercera dimensión para definir a Cúcuta es la de la emoción, la social. Nacer en frontera es tener amigos venezolanos, familiares venezolanos, es haber viajado por ese país cuando estaba en su mejor momento, con los petrodólares que les permitían darse lujos de primer mundo. Haber nacido en Cúcuta es haber comprado en ese país todo lo que a Colombia no llegaba, porque hasta hace unos años su nivel de vida era mucho mejor que el nuestro. Por esa razón, como pocos lo recuerdan hoy (sobre todo aquellos que se la pasan renegando de la cantidad de venezolanos que se está mudando a Colombia impulsados por la su compleja crisis) muchos nacionales optaron por irse a ese país en la búsqueda de lo que sería la versión colomboveneca del ‘sueño americano’.

Cuando entiende eso, cuando hace parte de su realidad, entiende entonces por qué cuando hubo presidenciales en Venezuela los cucuteños le hicieron campaña a la oposición, por qué cuando cierran las fronteras llenamos de comentarios y fotos nuestras redes sociales, por qué nos indigna, a un número importante de cucuteños, que los abusos de poder se terminen convirtiendo en un circo barato al que van los políticos buscando votos futuros. La ignorancia y la falta de memoria del pueblo son usadas a favor de los políticos para hacer campañas y ganar adeptos. Las decisiones terminan siendo, en el 90% de los casos, paños de agua tibia que golpean la favorabilidad e imagen del Gobierno Nacional como un todo y que disparan los seguidores de uno u otro que va allá, con un megáfono o lo que haya a la mano, hace ruido, promete y termina no haciendo nada. Ojalá, deseo muy en el fondo que ojalá la expulsión de los colombianos que hoy están transmitiendo todos los medios de comunicación no se quede en un capítulo más de la historia de una frontera, sino que sea en realidad un llamado definitivo a entender que no por estar en el borde somos los últimos. No porque comamos pirulines, diablitos y cocosetes, somos menos colombianos que los que crecieron con arepa paisa o ajiaco santafereño.

Yo soy partidaria y lo he dicho muchas veces, de que Cúcuta deje de mirar a Venezuela como si fuera la única opción. Retar el status quo será siempre una decisión riesgosa, pero entre más se tarden los cucuteños en tomarla, más generaciones estarán golpeadas por la mala situación económica que hoy tiene reducido, a prácticamente su mínima expresión, un lugar como ese. Cúcuta está cargada de gente pujante, de ideas innovadoras, de oportunidades. Sus 35 grados centígrados cargan también la posibilidad de ser un motor de exportaciones, un foco de universidades e instituciones que sean capaces de apostarle a la investigación y laboratorios de desarrollo. Cúcuta tiene el expertice de un comerciante de décadas, pero le falta amor propio, mucho amor propio y le falta una figura que la empuje a creer en ella misma, un Gobierno que le apueste, con plata y con políticas, a romper el estigma de que la frontera no importa, de que es pobreza y de que es olvido.

Mónica Parada Ll.

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